La Virgencita

Editor’s Note:  A huge thank you to María Morera Johnson for sharing the following reflection.  To read this column in English, visit the wonderful Patheos website. LMH

Estoy fascinada con una imagen de la Virgen de Guadalupe. Esta colocada a la derecha del altar en la capilla de mi parroquia, solitaria, sin el fondo de sol brillante que asociamos con Guadalupe. Tiene las manos en posición de oración, con un vistazo dulce que pega con los colores serenos de sus batas. La calma y sencillez de su diseño me apacigua. Encuentro la paz en su presencia.

Soy cubana-americana, y como muchos hispanos, iconografía y joyas religiosas me atraen. Son más que objetos sacramentales, sino, objetos de arte. Nuestros iconos son brillantes, a menudo rústicos, primitivos, y saturados con una belleza que sobrepasa el objeto, especialmente en relación al cariño que le tenemos porque la imagen representa una devoción especial o identificación cultural.

Es fácil de interpretar ese cariño como idolatría, sobre todo debido a la atención que le demostramos. Sinceramente, es posible que haya a veces un poco de confusión supersticiosa, especialmente en personas que no hayan beneficiado de una catequesis fuerte. Reconozco, también, cómo estas idiosincrasias culturales, pequeñas pero significativas, quizás parezcan extrañas a nuestras hermanas y hermanos en Cristo que no comparten nuestra identidad cultural.

Pertenezco a una cultura que celebra la vida con música rítmica, perfumes, y cosas lindas. Nosotros los hispanos católicos abrazamos, apasionadamente, todos los símbolos de nuestra fe. Nos gustan estas imágenes porque hacen la fe presente en nuestras vidas cotidianas. Lo demostramos en nuestros hogares con altares elaborados y decorativos. Llevamos medallas y escapularios. Queremos a el rosario. He notado estas costumbres católicas en mis amigos norteamericanos también; la distinción quizás no es tanta en la devoción, sino—en la atención que le damos.

Tenemos una fuerte devoción a la Virgen Santísima. La reconocemos en la patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre; en Puerto Rico, la Virgen de la Divina Providencia, y en México, la Virgen de Guadalupe.

Nuestra Señora de Guadalupe pareció hace 500 años en México, estableciendo una conversión que continúa hoy. Como patrona de las Américas, su alcance extiende más allá de fronteras. La presencia de Guadalupe continúa en nuestras vidas para unirnos todos y dirigirnos a su Hijo, Jesucristo.

La Virgen de Guadalupe pertenece a todos nosotros, pero nosotros también pertenecemos a ella, reunidos bajo la protección de su manto.

Eso es lo que pienso cuando me siento en la capilla, la luz natural que entra por la ventana atrás del altar iluminando la imagen de Guadalupe con rayos dorados en la mañana, completando lo que le falta a la imagen. Su manto es la protección tierna y segura de una madre.

La virgencita, bajo cualquiera de sus títulos, representa una parte profunda de mi identidad cubana-americana, construida alrededor de la matriarca. Es la madre entre los hermanos, tías y tíos, abuelos, padres, y aquellos amigos íntimos que consta lo que llamamos cariñosamente la familia. La Virgen María esta presente en mi vida al lado de mi madre, abuelas, tías, hermanas, y amigas — compartiendo conmigo las alegrías de ser mujer, y los sacrificios y dolores también.

Manteniendo a la Virgen María presente en mi vida, con recordatorios, imágenes, y medallas, me recuerda que no camino sola, sino, acompañada  por ella.

Ella mantuvo una casa. Crió a un niño. Hizo sacrificios. Adoró.

Adoró profundamente. Inequívocamente. Incondicionalmente. Y con abandono.

Le dijo a Dios, dando el modelo por el cual todos debemos vivir.

Pienso en todas esas cosas cuando estudio los detalles de la imagen y en la mujer que la imagen representa. Se parece a mí. Guadalupe exhibe características étnicas ambiguas para que todos podamos identificar con ella, así como ella ha escogido identificar con nosotros.

Mis ojos van a la cinta que lleva alrededor de su vientre, significando que está en estado. Guadalupe esta embarazada con el Verbo Encarnado – ella nos trae el Niño Jesús. En esa imagen dulce, nada más que una madera pintada, veo el mensaje claramente: María quiere llevarme más cerca a su Hijo, en quien toda la Vida reside.

Cuando rezo el Ave María, una oración tan sencilla, reconozco que en la virgencita querida vemos nuestra historia de salvación entregada antes de nosotros:

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.

Bendita tú eres entre todas las mujeres,

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,

ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén.

Este artículo, Viva Guadalupe! Viva Life! se publicó originalmente en inglés en el portal católico de Patheos.com a la invitación de Pat Gohn en su columna A Word in Season

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